MANUEL ERICE
Manuel Erice es subdirector de ABC
Sonó como un aldabonazo en mi casi siempre activada alerta de periodista. Ángel Expósito, nombrado director de ABC apenas unos meses atrás, acababa de estampar contra mi mesa una copia de «El último ejemplar del New York Times». Se marchitaban a un tiempo el verano de 2008 y buena parte de la ingenuidad de quienes aún veíamos a internet como un «alien» ignorante y bárbaro que se había adentrado en nuestra macluhaniana galaxia Gutenberg con el único propósito de destruirla. El negocio de la prensa tradicional temblaba bajo nuestros pies y había llegado la hora de tomar impulso. Introducir el buen periodismo en nuestra web, evangelizar a una redacción extremadamente tradicional y descreída con los medios digitales e indagar en los periódicos más avanzados del mundo, iba a ser todo uno. Un reducido grupo de aventureros integrado por Borja Bergareche, Chus Aycart, Alfonso Armada, Juan Carlos Valero, Mayte Alcaraz, David Álvarez, Inés Martín y yo, identificado por nuestros mayores algo pomposamente como Comité 2010, daba los primeros pasos para responder al gran reto, el padre de todos los cambios: el cultural.
Progresivamente, el resto de la Redacción se tendría que ir sumando al proceso. Había que poner las bases para que el equipo de periodistas de ABC se tornara en productora de información las 24 horas, en cualquiera de los nuevos soportes, al tiempo que el diario se reinventaría con contenidos cada vez más profundos y analíticos.
Cambiando los cánones, ABC pasaría a ser una marca que difundiría información y opinión permanente en todos los medios digitales y que, además, imprimiría el periódico una vez al día. Había que rearmar una redacción de internet mínima en efectivos y deficientemente equipada. Había que bucear en la esencia de nuestro pasado para reconstruir el mejor ABC en papel: el ABC de siempre, mejor que nunca. Los hábitos del comprador, cada vez menos lector en días laborables y más ávido de análisis y de claves los fines de semana, nos iban a marcar parte del camino.
La recuperación de algunos géneros y del mejor periodismo harían el resto. Mucho en poco tiempo. Se trataba de las primeras escaramuzas de una guerra para la que nadie aún hoy ha estimado el final, ni siquiera si es posible salir victorioso.
Saturno devora a sus mitos
La reciente y ruidosa bienvenida española al iPad, el último y exitoso artilugio de Apple que, como asevera José Manuel Vargas, supondrá un antes y un después en el balbuceante negocio de los medios, me permite acudir estos días a la comparación con que Vittorio Sabadin recrea en «El último ejemplar del New York Times» las presentaciones públicas del profesor Juan Antonio Giner, quien abandonó hace años las enseñanzas en la Universidad de Navarra para labrarse un nombre en el mundo de los expertos editoriales.
Según esta teoría, la imagen de «hombres de mediana edad, impermeable y sombrero» que rebosaban los vagones del metro en hora punta con la cartera en la mano primero, y con el periódico en el bolsillo años más tarde, se estarían convirtiendo hoy en hombres -y mujeres- absortos en sus móviles o en cualquier otro dispositivo digital, en busca de las últimas noticias, en texto, en foto y ya también en vídeo.
La prueba de esa rápida transformación tan gráficamente expresada es que no hemos digerido aún el pantagruélico banquete de la primera revolución tecnológica, internet, y ya estamos inmersos en el siguiente festín, el de la movilidad y los aparatos de última generación como las tabletas. Los avances tecnológicos propinan cambios tan vertiginosos que casi al día siguiente de asentarse un mito, se derrumba como un castillo de naipes y pasa el testigo al siguiente.
El saturno de la catarsis de nuestro sector, que ha devorado ya a algunos de sus primeros hijos, como la prensa gratuita -para algunos, hace no mucho tiempo, llamado a sustituir a la de pago- o cabeceras tan tradicionales en papel como el Christian Science Monitor, prepara sus fauces para zamparse ahora el mismísimo uso tradicional de internet, el del «pecé», que puede verse desbordado en breve por aquellos soportes que ya no obligan al usuario a estar atado a una mesa, en casa o en la oficina, para informarse al instante, en cualquier lugar del mundo y de la forma más completa. Exactamente como proclamó el magnate Rupert Murdoch, también en 2008, en el que se considera el pistoletazo de salida para los renovados editores de prensa.
El periodista en su caverna
Dos años después de que ABC empezara a desperezarse, un tiempo en el que han mediado visitas al Daily Telegraph, el Guardian, la BBC, el Miami Herald, el Tampa Tribune y otros periódicos locales estadounidenses; numerosos contactos con editores iberoamericanos; diversos encuentros de la World Association of Newspapers (WAN) y, por qué no decirlo, más de una amigable, pero intensa discusión con Mario Tascón (lainformación.com), José Luis Orihuela y Ramón Salaverría (Universidad de Navarra), Gumersindo Lafuente (de Soitu a El País), Jean Francois Fogel («La prensa sin Gutemberg») y Francis Pisani («La alquimia de las multitudes») entre otros, podría decirse que al menos hemos aprendido a pensar otra vez en el lector. Hemos empezado a salir de esa caverna en la que una maldita combinación de decadencia del modelo tradicional, conformismo profesional y creciente exigencia del consumidor, nos acabó encerrando en una suerte de traicionero letargo, como encarcelados en nuestro propio mito platónico.
Como en la alegoría del autor de «La República», el drama de los periodistas ha sido -sigue siendo aún- similar al de los prisioneros de la caverna, encadenados de tal guisa que son incapaces de girar la cabeza, y por eso no contemplan sino las sombras de los objetos que se proyectan en la pared de la cueva. Con la misma limitación con la que intentan acceder ellos al conocimiento, de acuerdo con la interpretación platónica, así nos sentimos ahora en nuestra pretensión de retornar al verdadero periodismo, el único que puede traernos la solución a tantos males.
En este tiempo -retomo el hilo de nuestra aventura- nos hemos caído del guindo. Hemos reconocido que, ahora sí, el lector puede ser un agente activo, no ya sólo con su opinión sobre lo que se difunde; también, en la propia elaboración de los contenidos. Al menos en los soportes digitales, no es suficiente ni podemos contentarnos con difundir noticias u opiniones, por muy enriquecidas que las presentemos. Estamos obligados a abrir nuestro buzón interactivo, a analizar todo aquello que los usuarios son capaces también de difundir. Debemos acudir a toda velocidad a espacios como las redes sociales, esas enormes plazas públicas donde millones de personas se comunican y comparten experiencias, opiniones, fotografías, vídeos...
Tendremos que aprender a pescar en aquellos remansos del río donde puede haber algo susceptible de ser contado, sin quebrar el principio de que el periodismo lo hacen los periodistas. En menos palabras, internet aporta inmediatez, frescura, estilo directo... Pero no nos confundamos. Frente a lo que algunos proclaman una y otra vez, los periódicos, tal y como los entendemos, no están muertos. O, mejor dicho, están en vías de extinción... sólo si no hacemos nada. Están muy malheridos, pero tienen cura. Confieso, sí, me confieso de que llegué a dudar.
Fuera por los iluminados discursos de tanto aprendiz de gurú, fuera por el lenguaje sempiternamente apocalíptico que aún hoy sigue anunciando el final de la prensa en papel, fuera porque me costó tiempo entender las bondades y las numerosas posibilidades que ofrecen los nuevos soportes, y por tanto su enorme capacidad para complementar el tradicional ejercicio de este maravilloso oficio; en efecto, por un tiempo llegué a pensar que estábamos ante un nuevo periodismo, como muchos han bautizado internet y los dispositivos de última generación, confundiendo el soporte con el contenido periodístico.
¿Que las condiciones tecnológicas permiten contar de otra manera, introducir lenguajes audiovisuales, engendrar nuevos géneros? ¿Que el lector es capaz de opinar al instante sobre las noticias, los análisis o las columnas de opinión? ¿Que espacios de concepción posmoderna como las redes sociales o los blogs pueden convertirse en fuentes de noticias? Bienvenido sea todo eso. Como cuando hace unos veinte años los ordenadores fueron verdugos de las máquinas de escribir y las linotipias y agilizaron la confección de los periódicos dentro de las redacciones, la revolución tecnológica es de un alcance espectacular y todo, o casi todo, lo cambia.
Pero nadie ha inventado un nuevo periodismo. Es el viejo oficio, el periodismo de siempre, nuestro periodismo. Es sólo -y es mucho- que tenemos la capacidad de mejorarlo, de hacerlo más completo, de satisfacer al lector/usuario antes, más y mejor. Y debemos aprovechar la oportunidad.
¿A qué esperamos?
El futuro está en nuestras manos. Con la tormenta que arrecia, suena a broma macabra, cita ingenua o cantinela de otro de esos periodistas con un cargo de responsabilidad que pretende arengar a su clientela, léase los periodistas que de él dependen. Cuando leí recientemente la afirmación del director del Washington Post, Marcus Brauchli, con la que llamaba a a sus oficiales y soldados al campo de batalla, me tranquilicé pensando que no soy el único pardillo. «Hoy la redacción vuelve a tener su destino en sus propias manos.
En el pasado, si desvelábamos en nuestra portada un gran escándalo o imprimíamos cualquier historia, no tenía impacto alguno en el volumen y estructura de nuestro público; en cambio, ahora, cualquiera puede pinchar nuestra página, nuestros lectores en internet están repartidos por todo el país y por todo el mundo, y por eso somos nosotros, con nuestro periodismo, quienes podemos determinar cuántos lectores atraemos. Y podemos medir con exactitud qué les interesa y cuánto les interesa».
La cita no puede ser más acertada. Es verdad que el sector está tocado y que sobre los periodistas de carne y hueso recae una amenaza en forma de cierres, reducciones de plantilla y quizá en disminución de sueldos, como efecto devastador de una doble crisis que mina nuestro ánimo, desactiva nuestros esfuerzos y hace más inútiles nuestros sacrificios. Pero quizá ha llegado la hora de dejar a los editores que resuelvan los problemas del negocio y de volver a centrarnos en una labor que nunca debimos abandonar.
Es el momento del zapatero, a tus zapatos, y del periodista, a tus noticias. De apelar más que a nuestra obligación a nuestra vocación. De hacer buena la máxima de Jonas Edward Salk, el afamado científico que acostumbraba a recordar que «el trabajo bien hecho siempre da la oportunidad de hacer más trabajo bien hecho». Sinceramente, tenemos mucho que hacer.
Los periódicos quieren estar presentes en las tabletas. (Foto: ABC)
Las antiguas redacciones de papel e Internet ya trabajan integradas. (Foto: IGNACIO GIL)
Las nuevas tecnologías permiten ahora mayor interacción con los lectores. (Foto: IGNACIO GIL)
Nuestros redactores reciben formación para adaptar su trabajo a los soportes multimedia. (Foto: IGNACIO GIL)